Sobrio y eterno febrero

Febrero no se está por­tando nada bien. Ter­mi­nar enero sin deses­pe­rarme ya me costó lo suyo, pero para­dó­ji­ca­mente, el mes más corto del año está durando una eter­ni­dad. Los días pasan ente­rra­dos bajo un mon­tón de horas de tra­bajo nada diver­ti­das y situa­cio­nes frus­tran­tes, sin el con­suelo final de aho­gar las penas el vier­nes a base de copas y desahogo. Sema­nas de anti­bió­ti­cos que inten­tan librarme de una inter­ven­ción qui­rúr­gica cada vez más inmi­nente (e inevi­ta­ble) me man­tie­nen apar­tada del alcohol que con­suela al resto, mien­tras que los pro­ble­mas pare­cen venir de cual­quier parte sin avi­sar. Para colmo, me dedico a leer libros como Zapa­tos Ita­lia­nos, lle­nos de cru­deza y frialdad.

Ni siquiera des­cu­brir museos tan genia­les como la Imprenta Muni­ci­pal o el genuino Mer­cado de Moto­res, reírme un rato en el tea­tro gra­cias a Fer­nando Tejero, cele­brar el Pan­cake Tues­day o pro­bar cosas ricas en alguno de mis sitios pen­dien­tes de Fours­quare sir­ven como reme­dios para este mes tan feo. Hace un año hacía punto de cruz, hace tres hacía cup­ca­kes… está claro que antí­do­tos hay. Este año está más com­pli­cado, pero sólo falta encon­trar el adecuado.

Desayunos tardíos en La Mojigata

Piza­rra de La Moji­gata

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