Futones, templos y santuarios en Kyoto y Nara

En estos tres días en Kyoto hemos visto posi­ble­mente algu­nas de las vis­tas más espec­ta­cu­la­res del viaje entre tem­plos y san­tua­rios patri­mo­nio de la Unesco. Tam­bién hemos apro­ve­chado para que­dar­nos en un ryo­kan, una de posada tra­di­cio­nal japo­nesa donde los sue­los son de tatami y duer­mes en un futón. Nunca había pro­bado antes a dor­mir en uno y la ver­dad es que es muy cómodo y se duerme genial. A pesar de eso, en Kyoto no he con­se­guido dor­mir más de 5 horas nin­gún día. Mi cuerpo se revela con­tra las vaca­cio­nes y la dife­ren­cia hora­ria, y se empeña en des­per­tar a las 4 de la mañana para revi­sar los e-mails de tra­bajo reci­bi­dos en hora­rio espa­ñol. Lo único bueno de eso es que en Kyoto y alre­de­do­res todos los tem­plos y san­tua­rios cie­rran sobre las 17:00 y abren tem­pra­ní­simo, así que en vez de dar vuel­tas en el futón, hemos apro­ve­chado para ver cosas a horas muy tem­pra­nas.

Tem­plos en Kyoto

Uno de los tem­plos que más nos impre­sionó, tal vez por ser el pri­mero al que fui­mos, es Kiyomizu-dera. Se llega subiendo por una calle empi­nada lla­mada Chawan-zaka (algo así como calle­juela de las tete­ras), con muchas tien­das de sou­ve­nirs y arte­sa­nía de Kyoto. Al salir y como ya era tarde y todo cerraba, deci­di­mos dar­nos una vuelta por Gion, el dis­trito de las geis­has. Había leído que molaba ir al atar­de­cer o por la noche y la ver­dad es que las calles lle­nas de tien­de­ci­tas de arte­sa­nía, wagashi (dul­ces japo­ne­ses), casas de té y ador­na­das con faro­li­llos encen­di­dos eran bas­tante boni­tas. No vimos nin­guna geisha y se nos había pasado hacer pla­nes para ver algún espec­táculo de danza, ike­bana o de la cere­mo­nia del té, un poco fail.

Kiyomizu-dera
Farolillos en Gion

Kiyomizu-dera y faro­li­llos alum­brando la calle

El día siguiente con el cielo nublado y llo­vizna, visi­ta­mos el Nishi Hongan-ji por­que nos pillaba al lado del ryo­kan, para luego diri­gir­nos en bus a la parte norte de Higas­hi­yama, un lugar lleno de cosas para ver. Cami­na­mos un trozo del Tet­su­gaku no michi o Camino del Filó­sofo, que des­gra­cia­da­mente está repleto de cere­zos a los que les queda toda­vía una semana o así para flo­re­cer. Nues­tro des­tino era el Ginkaku-ji, tam­bién cono­cido como Tem­plo del Pabe­llón de Plata, aun­que el sueño de su cons­truc­tor de recu­brirlo con plata nunca se cum­pliera. El jar­dín que rodea este tem­plo es real­mente pre­cioso. Al lado está Honen-in, otro tem­plo con un cemen­te­rio que nos gustó bastante.

Conejitos de la suerte
Velas en Kinkaku-ji

Cone­ji­tos de la suerte entre Ginkaku-ji y Honen-in y velas en Kinkaku-ji

Des­pués del Pabe­llón de Plata tocaba el famoso y foto­gra­fiado Tem­plo del Pabe­llón Dorado, Kinkaku-ji, un lugar donde hacer fotos de pos­tal con el recu­bri­miento dorado refle­jado en el estan­que Kyoko-chi.

Kinkaku-ji

Kinkaku-ji, el Pabe­llón Dorado

Andando durante un rato lle­ga­mos al Ryoan-ji, un tem­plo zen con un famoso jar­dín seco que supues­ta­mente trans­mite paz y tran­qui­li­dad a quie­nes lo con­tem­plan. No sé si me hizo efecto, la ver­dad, pero ésta fue la última parada del día a causa del can­san­cio por no dor­mir y de la llu­via que caía.

Excur­sión a Nara

Uno de nues­tros pla­nes mien­tras estu­vié­ra­mos en Kyoto era hacer una excur­sión hasta Nara. Gra­cias a nues­tro adqui­rido bio­rritmo kyo­tense, pudi­mos pillar el tren a eso de las 7 de la mañana. De camino hici­mos una parada en el san­tua­rio de Fus­himi Inari-taisha, al pie del monte Inari, que es espec­ta­cu­lar. Hacía mucho frío y estu­vi­mos corriendo arriba y abajo atra­ve­sando miles de torii que reco­rren los cami­nos mon­taña arriba, cada vez más asom­bra­dos. El con­junto es una pasada y me ale­gro mucho de haber visto algo así al menos una vez en la vida.

Torii

Uno de los pasi­llos de torii en Fus­himi Inari-taisha

Al lle­gar a Nara, una ciu­dad muy turís­tica, hos­pi­ta­la­ria y ami­ga­ble, nos diri­gi­mos a su famoso par­que lleno de cier­vos, donde están la mayo­ría de luga­res que merece la pena ver. Había leído que por los tem­plos y por el par­que había bas­tan­tes cier­vos, pero no me ima­gi­naba que pudiese haber tan­tos. Había pues­tos en los que podías com­prar una espe­cie de galle­tas de bar­qui­llo para ali­men­tar­los, pero la gente que lo hacía corría el riesgo de ser per­se­guida por un grupo de cier­vos curio­sos que podían ter­mi­nar comién­dose tu cha­queta o tu mapa.

Nues­tra pri­mera parada a la entrada del par­que era el tem­plo Kofuku-ji. Des­pués tocaba el sitio estre­lla de la excur­sión: el tem­plo Todai-ji, donde se encuen­tra una gigan­tesca estruc­tura de madera, el Daibutsu-den en cuyo inte­rior está la esta­tua de bronce más grande del mundo del Buda Vai­ro­cana. “Espec­ta­cu­lar” e “impre­sio­nante” se que­dan cor­tas para des­cri­birlo, creo. Allí ade­más tuve la opor­tu­ni­dad de hacer algo diver­tido, unién­dome a la fila de niños y muje­res de pequeño-mediano tamaño para atra­ve­sar una de las colum­nas por un agu­jero bas­tante angosto. Menos mal que con­vencí a Jorge de que no lo inten­tase.

Daibutsu-den
Kasuga-taisha

El impre­sio­nante Daibutsu-den y lám­pa­ras en Kasuga-taisha

Al final estu­vi­mos viendo el Kasuga-taisha (san­tua­rio de Kasuga), lleno de lám­pa­ras de pie­dra por todas par­tes, antes de vol­ver a Kyoto.

Bos­que de bambú, jar­dín y té matcha

Al lle­gar, como era tem­prano, tenía­mos tiempo de ir a ver lo que nos había­mos sal­tado el día ante­rior, el bos­que de bambú de Sagano que ter­mina al lado del Okochi-Sanso. El pasi­llo entre los bam­búes es toda una expe­rien­cia, espe­cial­mente si sopla viento y todos se mue­ven haciendo un ruido que casi podría pare­cer música. Allí ade­más pudi­mos ver a dos geis­has. Al final del camino nos espe­raba el Okochi-Sanso, una villa pro­pie­dad del actor de pelis de samu­rais Oko­chi Den­jiro, cuyo jar­dín está abierto al público y es pre­cioso. La entrada es más cara que las de los tem­plos pero incluye un rico y fuerte té mat­cha con un pequeño dulce típico en el salón de té que tie­nen a la entrada. Lo más chulo del jar­dín es que andas casi todo el rato por un sen­dero mar­cado real­mente estre­cho, a veces aga­chando la cabeza al atra­ve­sar algu­nos arcos, y ter­mi­nas subiendo hasta un mon­tículo desde el que admi­rar la ciudad.

Bosque de bambú
Estatuillas Kawaii

El camino entre bam­búes y unas esta­tui­llas muy kawaii

Hoy, des­pierta desde las 3:50 de la mañana y con sobre­do­sis de tem­plos y san­tua­rios, vol­ve­mos en el shin­kan­sen para Tokyo donde la des­in­to­xi­ca­ción en forma de Shi­buya nos espera.

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