Dosis de naturaleza por los Campos de Castilla

El año pasado orga­nicé una excur­sión a Aran­juez en el Tren de la Fresa a la que se apun­ta­ron como unos 13 o 14 com­pis del tra­bajo y que resultó diver­tida, por lo que cuando leí hace tiempo sobre el tren Cam­pos de Cas­ti­lla me pare­ció una buena idea reser­var para el verano. Este viaje orga­ni­zado por Renfe y una agen­cia de viaje con­siste en via­jar a Soria desde Madrid en tren y pasar un finde haciendo algu­nas excur­sio­nes y visi­tas guia­das, siguiendo un poco los pasos de Anto­nio Machado y tal.


Soria | Flickr: Intercambio de fotos

Los arcos de San Juan de Duero y las figu­ras de un tea­tro de autó­ma­tas en la Plaza del Olivo y l

Des­afor­tu­na­da­mente, el vier­nes ante­rior al viaje fue uno de esos días en el que los com­pa­ñe­ros de tra­bajo se diri­gen en masa a algún bar con alguna excusa y enton­ces uno se queda a tomar algo rápido con la idea de vol­ver pronto para hacer la maleta y dor­mir. Lo malo viene cuando en reali­dad apa­re­ces por casa más tarde de las 3:00 des­pués de los últi­mos chu­pi­tos de Jäger­meis­ter que siem­pre son un error. La ver­dad es que no sé muy bien cómo con­se­gui­mos levan­tar­nos a las 6:30 y lle­gar a Cha­mar­tín con tiempo de sobra para subir al tren en plena resaca.

Como bien adver­tían en el pro­grama, en Sigüenza irrum­pie­ron en el vagón tres acto­res muy bien carac­te­ri­za­dos dis­pues­tos a eje­cu­tar la ani­ma­ción tea­tral que dis­tin­gue este tren de otros nor­ma­les. La ver­dad es que eran los tres más o menos bue­nos, impro­vi­sa­ban muy bien con los via­je­ros y las his­to­rias y poe­mas que leían eran boni­tos. Pero noso­tros, con nues­tra resaca monu­men­tal, lo único que que­ría­mos era que los mal­di­tos calla­ran de una vez o que nos tra­je­ran unos tapo­nes para los oídos y un anti­faz en vez de tanto folleto turís­tico y rami­tas de romero. Nada más lle­gar, sin pasar por el hotel ni nada, fui­mos direc­ta­mente a la Ermita de San Satu­rio y al Monas­te­rio de San Juan de Duero. Infer­nal.

Círculo de la amistad Numancia | Flickr: Intercambio de fotos

Gerardo Diego, sen­ta­dito en la puerta del Círculo de la Amis­tad Numan­cia

Un zumo de tomate con tabasco y 2 horas de sueño más tarde ya éra­mos per­so­nas otra vez así que pudi­mos ir a ver el cen­tro de Soria y a un reci­tal de poe­sía de Anto­nio Machado en el aula donde daba cla­ses en el ins­ti­tuto que lleva su nom­bre. Bas­tante chuli todo aun­que un poco lento a ratos. Luego dimos una última vuelta por el cen­tro donde casi toda la ani­ma­ción se con­cen­traba en la Plaza de Herra­do­res. Por supuesto nos abs­tu­vi­mos de pro­bar la cer­veza arte­sa­nal del lugar, Cae­lia, bebi­mos un par de coca­co­las huyendo del frío inau­dito de Soria en agosto y nos fui­mos a dor­mir bas­tante pronto para levan­tar­nos al día siguiente a las 7, lis­tos para visi­tar el Par­que Natu­ral de la Sie­rra de Urbión y la Laguna Negra.

Torreznos de Soria | Flickr: Intercambio de fotos

Torrezno de Soria con caña y vermú, en el Mesón Cas­te­llano

Admito que el par­que natu­ral éste de la Laguna Negra era bas­tante fli­pante y los pai­sa­jes real­mente impre­sio­na­ban. Desde el auto­bús. En nin­gún momento me asal­taba a mí una impe­riosa nece­si­dad de bajar y ser uno con la natu­ra­leza, al revés, desde la ven­tana se veía todo súper bonito. Obvia­mente, la excur­sión no era nin­guna ruta de sen­de­rismo hard­core si no un sim­ple paseo en el que nues­tro vehículo nos dejaba a unos inocen­tes 200m. de la laguna en cues­tión. Estu­vi­mos por allí obser­vando la Laguna, yo siem­pre desde el seguro sen­dero mar­cado por mucho que los demás tuvie­ran inte­rés en tre­par a pie­dras y ese tipo de cosas. Luego fui­mos al yaci­miento cel­tí­bero de Numan­cia, que estuvo bas­tante guay pero resultó como lo ante­rior, un poco lento para gente sin pacien­cia como yo.

La Laguna Negra | Flickr: Intercambio de fotos

Una rama defor­mada por las nie­ves inver­na­les

Hacía mucho tiempo que no pisaba un suelo tan ale­jado de una ciu­dad, en el que no hubiese por ejem­plo cober­tura tele­fó­nica. Vamos, ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez. Lo bueno es que ya he tenido mi dosis de natu­ra­leza para los pró­xi­mos 10 años al menos (y sí, eso incluye cual­quier tipo de playa).

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