¡Se nos ha roto la antena de la tele!

Y yo no quepo en mí de ale­gría. No es yo sea uno de esos tali­ba­nes anti-TV y me ale­gre de que haya una caja tonta menos en el mundo ni nada pare­cido. A mí todo eso me da igual. El motivo fun­da­men­tal es que tengo una Game­Cube con la que me gusta jugar y es algo que últi­ma­mente no hago ape­nas. ¿El motivo? J.E.S.U.S.. Mi com­pa­ñero de piso es alguien que estu­dia entre 12 y 14 horas al día, desde por la mañana hasta por la noche. Cuando yo llego del gim­na­sio a las 22:00 el tío ya ha vuelto de la escuela, ha cenado y se ha apa­lan­cado en el sillón delante de la tele. No es afi­cio­nado a nin­guna serie ni a nin­gún pro­grama en par­ti­cu­lar, pero como no tiene nin­gún otro hobby, es lo que toca.

En el pri­mer cua­tri­mes­tre estuve jugando al Paper Mario 2 (por cierto, uno de los mejo­res jue­gos a los que he jugado) y tuve bas­tante suerte por­que J.E.S.U.S. tenía que hacer algún tipo de pro­yecto o tra­bajo y cuando le echa­ban de la escuela se metía en su cuarto a seguir estu­diando o tra­ba­jando. Eran días feli­ces, sólo me tenía que pelear con Juanjo, a ver si ese día tocaba Paper Mario o Final Fan­tasy XII.

Sin embargo, al empe­zar el nuevo cua­tri­mes­tre parece que con 12 horas de estu­dio al día en la escuela le basta y llevo dos sema­nas inten­tando jugar por la noche a The legend of Zelda: the Wind Waker sin mucho éxito, por­que sólo lo he con­se­guido dos días. Probé a com­prar un cacha­rro de esos para enchu­far la con­sola al moni­tor pero como aque­llo no se podía ver más horri­ble lo devolví. Y por supuesto, ya ni habla­mos de las alfom­bri­llas de Dance Dance Revo­lu­tion, que cabrían en mi cuarto sólo en vertical.

Ya me había resig­nado a jugar sólo los fines de semana (en parte gra­cias al Phoe­nix Wright: Ace Attor­ney y al Yoshi’s Island 2 de la Nin­tendo DS) pero algún tipo de fuerza divina, que sos­pe­cha­mos que es Ono por­que vemos la TV por el cable, ha que­rido que yo pueda jugar todas las noches si me da la gana. Como yo nunca veo la tele, Juanjo siem­pre pre­fiere hacer otra cosa y a Catie con su intensa vida social, no la he visto jamás en el sofá viendo nada, nin­guno vamos a mover un dedo por arre­glarla. Tam­poco es de espe­rar que J.E.S.U.S. haga algo por­que ahora que no hay tele podrá apro­ve­char esas valio­sas horas para seguir estu­diando en su cuarto.

Así es, se ave­ci­nan bue­nos tiem­pos, la pri­ma­vera se acerca, Catie ya no rota cosas, los Sea Mon­keys cre­cen sanos y fuer­tes, Zelda, Dance Dance Revo­lu­tion… Se aca­ba­ron C.S.I., los docu­men­ta­les, los anun­cios y los telediarios.

Matemática, ¿estás ahí?

matemática, ¿estás ahí?

  • Adrián Paenza
  • Edi­to­rial RBA
  • ISBN: 8478717919
  • 253 pági­nas

LOVE it!!

Sigo con mi pro­pó­sito de los libros hablando de este libri­llo que ame­nizó mi vuelta de Madrid en el auto­bús. Tengo que adver­tir que mi valo­ra­ción y opi­nión no son del todo obje­ti­vas por­que las mate­má­ti­cas son, pro­ba­ble­mente, lo que más me gusta en el mundo (riva­li­zando con el desa­yuno y otros pla­ce­res más car­na­les). Bien, pues este libro es una pasada. En con­creto, en él se abor­dan aspec­tos de las mates que me atraen espe­cial­mente, como los dis­tin­tos infi­ni­tos y la teo­ría de números.

En prin­ci­pio pen­saba que el libro se dedi­caba a expli­car aspec­tos de la vida coti­diana rela­cio­na­dos con las mates, como cosas de pro­ba­bi­li­dad y vota­cio­nes, pero va más allá, sobre todo con lo del con­cepto de infi­nito. Adrían Paenza explica tam­bién bas­tan­tes anéc­do­tas per­so­na­les y de gente que ha cono­cido. Cuenta cosas sobre mate­má­ti­cos famo­sos y hace algu­nas demos­tra­cio­nes de forma real­mente sim­ple y bonita.

Me ha gus­tado el hin­ca­pié que hace el autor en inten­tar expli­car a qué se dedi­can los mate­má­ti­cos y para qué sirve lo que hacen a todos los lec­to­res que pre­su­mi­ble­mente no tra­gan mucho las mates. Atri­buye toda la culpa de la mala fama de las mates a los pro­pios pro­fe­so­res, que no saben trans­mi­tir a los alum­nos toda su belleza. Dice el autor que es curioso que las mates es de las pocas cosas de las que la gente se jacta de no saber nada sobre ellas, y eso es algo que no deja de sorprenderme.

En cuanto al con­te­nido “téc­nico”, la ver­dad es que yo no he leído nada que no supiera, pero me ha encan­tado la forma en que estaba plan­teado y expli­cado todo. Creo que si no hubiera sabido las cosas que se cuen­tan en este libro y las hubiera des­cu­bierto en la forma en la que están escri­tas, me habría emo­cio­nado bas­tante (de hecho me emo­cioné aún sabién­do­las). Es el típico libro que voy a ir dejando a toda la gente que se queja de las mates. Es real­mente ameno (me duró más o menos la mitad del viaje), entre­te­nido y, en mi opi­nión, muy fácil de comprender.

A mí las mate­má­ti­cas me pare­cen la cosa más increi­ble­mente her­mosa que existe y me resulta un poco frus­trante que la mayo­ría de la gente sienta poco menos que asco por ellas. Por eso me gus­ta­ría que mucha gente leyera todo lo que ahí está escrito y se emo­cio­nase al menos la mitad de lo que lo hice yo.

Ade­más, por si fuera poco, el libro se puede des­car­gar gra­tui­ta­mente aquí, así que ya no tenéis nin­guna excusa.

Campaña de marketing

Para com­pen­sar que por algún oscuro motivo que no alcanzo a ave­ri­guar la página no se ve en Inter­net Explo­rer os pongo aquí una foto de unas bra­gas. Son un regalo de San Valen­tín del todo ines­pe­rado (yo nunca he reci­bido nada por San Valen­tín, aparte de las típi­cas rosas que se rega­la­ban en el ins­ti­tuto), pero muy apro­piado. Espero que atrai­gan más visi­tas que mis ante­rio­res posts lle­nos de texto ;)

Regalo de San Valentín

Este fin de semana parto hacia Madrid a visi­tar a Miguel a su cha­let de estu­dian­tes. Sexo, dro­gas, rock & roll y sobre todo alla­na­mien­tos de morada… no alcanzo a ima­gi­nar lo que me depara la visita, pero sea como sea, lo con­taré por aquí la semana que viene.

Situaciones humillantes (II)

En la segunda entrega de este bonito tema dedi­cado a subiros la auto­es­tima voy a rela­ta­ros la que creo que es la situa­ción más humi­llante que he sopor­tado en mi vida. En este caso mi sub­cons­ciente y Freud me han trai­cio­nado y la anéc­dota en cues­tión no ha sido repri­mida y olvi­dada en absoluto.

Resulta que mi madre, lejos de ser una de esas per­so­nas super pro­tec­to­ras de sus reto­ños, era par­ti­da­ria de que los niños cuanto antes espa­bi­la­sen y apren­die­ran a apa­ñár­se­las solos mejor. Es por esto que cuando tenía 8 años le dio por man­darme 15 días en verano a una espe­cie de cam­pa­mento lla­mado colo­nia infan­til. Una colo­nia infan­til es un recinto con ins­ta­la­cio­nes como cam­pos depor­ti­vos, pis­cina, etc, donde varios cien­tos de niños enra­bia­dos de entre 8 y 12 años inten­tan con­vi­vir en base a la ley de la jun­gla. Es como los cam­pa­men­tos de idio­mas en Ingla­te­rra donde van los niños pijos, pero en mi caso, el cam­pa­mento estaba en Ronda y el idioma era el espa­ñol malagueño.

Con­tra todo pro­nós­tico, no me con­vertí en el mono de feria del cam­pa­mento e incluso me divertí allí. Mi madre con­si­deró que era posi­tivo para mi edu­ca­ción, dado que durante el curso yo ten­día al ais­la­miento social y a la inadap­ta­ción que pro­voca el hablar con las Bar­bies. Así pues, al año siguiente tocó repe­tir en el mismo sitio. Des­pués de los pri­me­ros días, reen­cuen­tros con las anti­guas ami­gas, anti­guos moni­to­res y todo eso, andaba yo en bikini una tarde por la pis­cina en unas horas libres que tenía­mos. No recuerdo qué pasaba por mi mente en esos momen­tos, pero algún motivo estú­pido pro­vo­cado por mi inex­pe­rien­cia me impulsó a tirarme en bomba a la pis­cina (ya sabéis, aga­rrando las rodi­llas en el aire). Des­pués de hun­dirme en las pro­fun­di­da­des de la pis­cina, decidí que era hora de tomar el sol, así que enfilé la esca­le­ri­lla y salí. Mien­tras lle­gaba a mi toa­lla me paré edu­ca­da­mente a salu­dar a unas cuan­tas cono­ci­das des­per­di­ga­das por el ces­ped, que me mira­ron con cara cier­ta­mente extraña y diver­tida. Con­ti­nué andando, escu­chando gri­tos de niños a mi alre­de­dor pero que obvia­mente no iban con­migo. Lle­gué, al fin, a mi toa­lla donde estaba mi amiga del cam­pa­mento ges­ti­cu­lando. Se me quedó mirando muy seria y me señaló el torso. Miré hacia abajo y dije “Tie­rra, trá­game, pero YA”. Había estado paseán­dome por medio ces­ped con la parte de arriba del bikini medio enro­llada en el cuello.

Al con­tra­rio que la mayo­ría de las niñas de 9 años, yo sí que tenía de lo que aver­gon­zarme. Os diré que fui una niña bas­tante pre­coz en mi cre­ci­miento y el resto lo dejo a vues­tra gua­rra ima­gi­na­ción. Al pare­cer, mi amiga había inten­tado adver­tirme desde lejos cuando salí del agua, pero a esa edad yo ya era miope per­dida y en la pis­cina no lle­vaba gafas.

A estas altu­ras de la vida, he apren­dido que tirarse en bomba con un bikini tipo top no es una idea bri­llante. Ni que decir tiene que des­pués de ese año no volví a pisar una colo­nia infantil.

Situaciones humillantes (I)

Este es un tema que siem­pre da mucho juego para escri­bir, sobre todo si la per­sona que lo escribe no se carac­te­riza por su des­treza y habi­li­dad. La natu­ra­leza ha que­rido que nunca me fal­ten anéc­do­tas de este tipo para con­tar. Ayer, sin ir más lejos, en el gim­na­sio me metí un buen chute de humi­lla­ción pública gra­cias a ese arte­facto ende­mo­niado lla­mado máquina de correr.

Lle­gué al gim­na­sio como siem­pre, cogí el iPod y la toa­lla y todas las cosas y me dis­puse a correr 11 minu­tos (que es lo que toca esta semana como parte de mi entre­na­miento de supera­ción per­so­nal para con­se­guir correr 20 minu­tos segui­dos sin que luego me ten­gan que intu­bar). Me subí en la máquina de correr, la encendí y se me ocu­rrió la estu­penda idea de prac­ti­car un poco de ale­mán durante la carre­rita. Resulta que tengo meti­dos en el iPod dos CDs de mi libro de ale­mán con los tex­tos, la pro­nun­cia­ción y todo eso, así que mien­tras corría me puse los auri­cu­la­res y apreté el play. El des­tino es capri­choso y quiso que el iPod tuviese puesto el volu­men al máximo des­pués de la última vez que lo usé con la radio de un coche. Un estruendo en ale­mán me atra­vesó los tím­pa­nos. En esos momen­tos sólo podía pen­sar en bajar el volu­men inme­dia­ta­mente, pero con los ner­vios y la pre­sión de una sor­dera pre­ma­tura no ati­naba con la dichosa rue­de­cita tác­til. Como ade­más estaba corriendo, el iPod al final se me res­baló de las manos, se soltó de los auri­cu­la­res sal­ván­dome de tener que lle­var audí­fo­nos el resto de mi vida y des­a­pa­re­ció de la cinta. Yo estaba tan des­con­cer­tada con todo que olvidé que me encon­traba sobre una cinta a 8 km/h y quise recu­pe­rar mi iPod del suelo, así que no sé por qué, me paré. Hacer eso y salir des­pe­dida hacia atrás fue todo uno. Tras­ta­bi­llé como pude casi apo­yando las manos en la cinta cons­ciente de que estaba haciendo el más abso­luto de los rídicu­los y gra­cias a que un ama­ble lec­tor de este blog se encon­traba en la cinta de al lado y paró la mía no acabé estam­pada con­tra las bici­cle­tas está­ti­cas del fondo.

Una ama­ble chica me trajo mi iPod de vuelta. Eché un vis­tazo alre­de­dor y vi a toda la gente del gim­na­sio (mucha gente a esa hora) mirán­dome con una expre­sión que no era pre­ci­sa­mente de preocupación.

El iPod afor­tu­na­da­mente salió ileso gra­cias a la funda de sili­cona que tiene puesta. Lás­tima que no ven­dan fun­das para el orgu­llo y la dignidad.

Los compañeros de piso

Los 4 años y medio que llevo viviendo en Sevi­lla me han dado la opor­tu­ni­dad de con­vi­vir con varia­dos espe­cí­me­nes y algu­nas for­mas de vida pri­ma­rias más cono­ci­das como com­pa­ñe­ros de piso. Ahora me gus­ta­ría com­par­tir todas mis expe­rien­cias con vosotros.

El pri­mer año que vine, siendo joven, incauta e igno­rante de la vida, com­partí piso con dos cha­va­les de mi pue­blo. A uno de ellos, Gosku, lo recuerdo como un gran com­pa­ñero de piso que nunca quiso impo­ner­nos su volun­tad mediante téc­ni­cas dic­ta­to­ria­les y al que nunca se le pudie­ron oir fra­ses como “¡esto no se pone ahí por­que no me sale de los cojo­nes!”, y que ade­más me deja tener este weblog en su hos­ting por la cara.

El otro, al que lla­ma­re­mos P., salió de mi pue­blo siendo lo que podría­mos lla­mar un chico sano, juga­dor de balon­cesto, no fuma­dor, inocente, amante de la bio­lo­gía… Dicha afi­ción le llevó a matri­cu­larse de 1º de Far­ma­cia. Influen­ciado, supo­ne­mos, por los per­so­na­jes que pobla­ban su facul­tad y alre­de­do­res, y vién­dose lejos del con­trol materno, P. me dio la posi­bi­li­dad de ver durante dos años el pro­ceso de deca­den­cia humana en todo su esplen­dor. Empezó pri­mero a no pisar las cla­ses, a vege­tar en el sillón viendo la tele y a leer de vez en cuando alguno de los libros que nos dejá­ba­mos por el salón. Este modo de vida lo sumió en el más abso­luto de los abu­rri­mien­tos. De ahí al con­sumo de dro­gas por apa­tía y a la dedi­ca­ción abso­luta a la mas­tur­ba­ción en sitios poco afor­tu­na­dos hay un pequeño paso que P. no dudó en dar.

Nues­tra diver­gen­cia de opi­nio­nes con el casero a pro­pó­sito del sofá y la ubi­ca­ción de la vivienda (pró­xima a las 3000) nos hizo aban­do­nar nues­tro pri­mer piso de estu­dian­tes y bus­car otro, de 4 dor­mi­to­rios (3 dor­mi­to­rios y 1 agu­jero en la pared). Como noso­tros éra­mos 3, nos vimos en la obli­ga­ción de encon­trar a alguien para que ocu­pase el zulo sin ven­ta­nas que nadie que­ría. Así fue como cono­ci­mos a R., com­pa­ñera de piso ejem­plar donde las haya, con la única pega de que su novio pare­cía mili­tar en las juven­tu­des hitle­ria­nas. Al prin­ci­pio sólo la mal­tra­taba psi­co­ló­gi­ca­mente a ella, cuando olvi­daba las lla­ves o no había estu­diado lo sufi­ciente, hasta que un des­afor­tu­nado día nos escu­chó a Jorge y a mí hablar refi­rién­do­nos a él como el pequeño dés­pota. Desde enton­ces nos declaró la gue­rra y estu­vi­mos sufriendo sus mues­tras de hos­ti­li­dad el resto de curso. Entre eso, la ame­ri­cana que se ins­taló en mi piso para ale­grarle la vida a Gosku y P. fumando peren­ne­mente en un sillón en la pipa de agua que se había fabri­cado con una bote­lla de agua Lan­ja­rón roñosa, ese año fue cuanto menos curioso.

Al aca­bar el curso mi vida dio un giro radi­cal y cam­bié de carrera, de piso y de com­pa­ñe­ros. Tres chi­cos fue­ron los afor­tu­na­dos. El pri­mero de ellos, mi amigo Juanjo, es todo lo que alguien que­rría como com­pa­ñero de piso: es el típico mani­tas, lo arre­gla abso­lu­ta­mente todo, desde la cis­terna a las per­sia­nas, desde la nevera a la mam­para de la ducha, no importa lo que sea­mos capa­ces de des­tro­zar. Ade­más, es un gran coci­nero, posee una Play Sta­tion 2 y es muy diver­tido, lo cual sirve para poder des­co­jo­nar­nos del resto de com­pa­ñe­ros cuando no están o cuando no nos escuchan.

El segundo de ellos, Miguel, ya ha apa­re­cido en algu­nos posts y no está ahora en mi piso. Todos los que cono­ce­mos a Miguel coin­ci­di­mos en que es un tipo pecu­liar. Fruto de su edu­ca­ción dis­persa (en Ando­rra, Cádiz, EEUU, cole­gio en fran­cés, inglés, espa­ñol…), sus esque­mas de razo­na­miento y cono­ci­miento no se corres­pon­den con lo nor­mal. Es capaz de estu­diar inge­nie­ría de tele­co­mu­ni­ca­cio­nes sin dema­sia­dos pro­ble­mas pero tro­pieza al relle­nar pape­les con pala­bras como “domi­ci­lio”, al inten­tar recor­dar los meses del año o el abe­ce­da­rio. Miguel vive ahora en un cha­let de estu­dian­tes en Madrid y estu­dia en una uni­ver­si­dad pija. Intento man­te­ner con él una corres­pon­den­cia regu­lar (irre­gu­lar por mi parte). Para que os hagáis una idea de sus excen­tri­ci­da­des men­ta­les, la pri­mera carta que me envió la mandó por Seur, des­pués de expre­sar su asom­bro por los ele­va­dos pre­cios del correo. Tras varios inten­tos des­cu­brió Correos, los sellos y los buzo­nes amarillos.

El ter­cer com­pa­ñero de piso, J.E.S.U.S. el robot cris­tiano, daría para varios posts de his­to­rias espe­luz­nan­tes, así que lo deja­re­mos para Hallo­ween o para cuando se olvide acci­den­tal­mente de que la esco­bi­lla del váter no es un adorno y des­pierte mis deseos de venganza.

Casi a punto de empe­zar el nuevo curso, Miguel anun­ció que nos aban­do­naba para ir en busca de una vida mejor. Para evi­tar la ruina enco­nó­mica, comen­za­mos a colo­car car­te­les para encon­trar un nuevo com­pa­ñero de piso. Con sep­tiem­bre empe­zado nues­tras expec­ta­ti­vas no eran muy bue­nas. Tras recha­zar a una fran­cesa robusta y a una ita­liana que sólo que­ría que­darse hasta febrero para des­gra­cia de Juanjo, ele­gi­mos a “La nueva”. Pro­ce­dente de un pequeño pue­blo del norte de Cór­doba y dis­puesta a estu­diar 1º de Indus­tria­les, el pri­mer día llegó con toda su fami­lia y sus esca­sas per­te­nen­cias. Como bue­nos com­pa­ñe­ros de piso, ade­más de lim­piar a fondo para que su madre pen­sase que dejaba a su hija en bue­nas manos, deci­di­mos hacer que se inte­grara un poco jugando todos una par­tida de Risk. Como “La nueva” des­co­no­cía los entre­si­jos del juego, no se nos ocu­rrió nada mejor que ponerla de pareja con J.E.S.U.S. La pobre nunca se recu­peró de aque­lla par­tida de casi 4 horas y no nos habló en todo el resto del curso. Se limi­taba a res­pon­der­nos con mono­sí­la­bos cuando le pre­gun­tá­ba­mos y a des­pla­zarse sigi­lo­sa­mente de la cocina a su habi­ta­ción. Comía con sus pro­pios pla­tos, cubier­tos y ser­vi­lle­tas, supongo que para no con­ta­giarse de nues­tras infec­cio­nes, y se piraba todos los fines de semana a su pue­blo. En una de sus ausen­cias la curio­si­dad nos pudo y entra­mos en su cuarto a ver si ave­ri­guá­ba­mos qué tipo de per­ver­sión se traía entre manos para ser así de extraña. Lo único que des­cu­bri­mos fue que tenía las pare­des total­mente recu­bier­tas de pós­ters, cual tinei­yer, de todos los ído­los juve­ni­les habi­dos y por haber, desde Fran Perea hasta Car­los Baute.

Durante un año, como bien defi­nió Jorge una vez, fue como si el 4º juga­dor de nues­tro piso hubiera sido la máquina. La última semana de curso vino a visi­tarla una her­mana y un tipo bas­tante alto que nunca supi­mos quién era ni qué tipo de rela­cio­nes (sexua­les) man­te­nían. Durante 7 lar­gos días vege­ta­ron los tres frente a la tele devo­rando todas las tele­no­ve­las que yo jamás ima­giné que ponían. Como “La nueva” no tuvo un año nada pro­ve­choso en pri­mero de indus­tria­les, deci­dió bus­car un futuro mejor en otra parte y tras esa semana se largó. Ni siquiera nos dejó lle­varla a la esta­ción. Creo que si ahora me la encon­trase por la calle se pon­dría a mirar algún esca­pa­rate fin­giendo que no me conoce.

Como ya venía siendo habi­tual, en junio nos pusi­mos a bus­car otra com­pa­ñera de piso para este año. Des­pués de un duro cas­ting que rea­li­za­mos entre Juanjo y yo, encon­tra­mos a Catie, yan­kee de pro. Pen­sá­ba­mos que podría­mos mejo­rar nues­tro inglés y todas esas cosas. El día que fui­mos a reco­gerla al aero­puerto no sabía­mos que está­ba­mos metiendo en nues­tro piso a una ver­da­dera arma de des­truc­ción masiva ame­ri­cana con la misión de no dejar ni un solo elec­tro­do­més­tico fun­cio­nando cuando ter­mi­nase el curso. La tía, en lo que va de año, ha des­tro­zado lo menos 6 o 7 cosas, ade­más de algu­nas de las que no nos habre­mos dado cuenta. Cada vez que se escu­cha un estruendo en algún lugar de la casa, Catie viene y dice su frase mágica: “Rosa, he rotado otra cosa en el piso” y noso­tros nos echa­mos a tem­blar por nues­tra fianza.

Así a bote pronto recuerdo que ha roto, desde prin­ci­pios de octubre:

  • La bati­dora. A juz­gar por como quedó la tapa, segu­ra­mente la tiró al suelo y la piso­teó con sus pode­ro­sos pies (la tía anda des­calza sin inmu­tarse por nues­tro asque­roso piso de estu­dian­tes, hasta por la cocina). Hay que decir a su favor que com­pró otra bati­dora casi igual que habría des­tro­zado nada más sacar de la caja, si Juanjo no llega a intervenir
  • La cerra­dura de la puerta, aun­que de esto tene­mos que atri­buirle parte del mérito a J.E.S.U.S. La broma nos costó 90€ de cerra­jero ade­más de un buen rato tira­dos en la calle sin poder entrar.
  • Un toa­llero, supo­ne­mos que el con­cepto de col­gar las toa­llas es dife­rente en Amé­rica. Allí implica apli­car una gran fuerza ver­ti­cal para que que­den bien colgadas
  • La gro­tesca taza más ancha que alta que la bisa­buela de J.E.S.U.S. le entregó en su lecho de muerte y que éste le había prohi­bido ama­ble­mente a Catie usar. Cuando Juanjo y yo vimos que Catie había olvi­dado la prohi­bi­ción y gol­peado dicha taza con una cuchara de helado hasta rom­perla, por poco nos mori­mos de la risa allí mismo.
  • La sand­wi­chera. Gol­peó con su hom­bro for­nido la balda de la cocina donde estaba colo­cada hasta tirarla al suelo donde reventó. Aún pudi­mos sal­var los leds de encendido.

Des­gra­cia­da­mente podré actua­li­zar esa lista durante el resto del curso. Qui­tando todo eso de rom­per cosas, la tía es gra­ciosa, sim­pá­tica y no es mala com­pa­ñera de piso. Es la coci­nera más nefasta que hemos visto nunca, prueba de ello son sus famo­sas cro­que­tas con­ge­la­das en el micro­on­das y su ali­men­ta­ción a base de tos­ta­das con Noci­lla (ya que aquí no tene­mos man­te­qui­lla de cacahuete), y tiene millo­nes de ami­gos de todas las nacio­na­li­da­des que inva­den nues­tro salón un fin de semana sí y otro también.

Por cierto, a todos los que aún vivís con vues­tros papás os reco­miendo que pro­béis la expe­rien­cia de com­par­tir piso, yendo de Eras­mus o en verano a tra­ba­jar a algún país o lo que sea. Ahora que ya no hay mili obli­ga­to­ria, hay que bus­car for­mas alter­na­ti­vas de cur­tirse en la vida.