Días de contrastes: budas, consumismo, rascacielos y pescado fresco

Que Japón es un país lleno de con­tras­tes y que en Tokyo se pue­den expe­ri­men­tar al máximo ima­gino que no se le escapa a nadie. Eso per­mite inter­ca­lar acti­vi­da­des muy dife­ren­tes incluso en pocos días de viaje

Budas y tem­plos en Kamakura

El lunes era nues­tro último día de Japan Rail Pass, así que deci­di­mos dedi­car la mañana a ir de excur­sión a Kama­kura. Era un poco rollo por­que hacía bas­tante frío y llo­viz­naba todo el rato. Aun así, la moles­tia mere­ció muchí­simo la pena por­que allí pudi­mos ver dos de las mejo­res cosas del viaje:

  • El gran buda de Kama­kura, una esta­tua gigante del buda Amida en el tem­plo Kotoku-in. Es más pequeño que el buda de Nara, pero al estar al des­cu­bierto y poder acer­carte mucho más (pue­des incluso entrar den­tro de él), creo que la impre­sión es mayor.
  • El pre­cioso tem­plo de Hase-dera, cons­truido en una ladera en varios nive­les. Había una cueva a la que podías entrar aga­chado y reco­rrer pasi­llos y dis­tin­tas estan­cias, con esta­tuas de la diosa Ben­zai­ten, alum­bra­das con velas y mon­to­nes de peque­ñas esta­tui­llas que la gente deja con mensajes.
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Esta­tui­llas den­tro de la cueva y un buda muy mono en Hase-dera

Al salir del tem­plo, como la llu­via era más fuerte y hacía mucho frío, deci­di­mos vol­ver a Tokyo y poner­nos a cubierto cediendo ante el con­su­mismo: ¡Ginza!

De tien­das en Ginza

Nues­tra pri­mera parada para refu­giar­nos de la llu­via, justo al lado de la esta­ción del JR, era la enorme tienda de Muji, una espe­cie de mini-IKEA ver­sión japo­nesa. Con un super­mer­cado, un café-restaurante y hasta una casa de dos plan­tas a la que pue­des entrar deco­rada com­ple­ta­mente con cosas de Muji, es el paraíso para los fans de la marca sin nom­bre. Una pena que las cosas no val­gan más baratas.

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Cruce de Ginza

Camino del cruce de Ginza pasa­mos por el Sony Buil­ding, un poco decep­cio­nante, para con­ti­nuar hasta la flags­hip de Uniqlo. Echa­mos un mon­tón de menos esta tienda desde que nos muda­mos de Lon­dres y aquí, con los pre­cios más bajos y un mon­tón de plan­tas, Jorge apro­ve­chó para hacer una de sus súper com­pras de ropa bi-anuales. De allí, con algu­nas para­das inter­me­dias más, lle­ga­mos a la última tienda de nues­tra lista, Itoya, el paraíso para los faná­ti­cos de las cosi­tas de pape­le­ría y el mate­rial de ofi­cina ele­vado al máximo gra­cias a la obse­sión japo­nesa por estos temas. En mis pape­le­rías favo­ri­tas de Lon­dres no había una sec­ción tan guay de washi o de úti­les de cali­gra­fía japonesa.

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Miffy en kimono

El día siguiente tam­bién tuvo su espa­cio de con­su­mismo, en algu­nas tien­das de Shi­buya. En par­ti­cu­lar, en la octava planta de los gran­des alma­ce­nes Seibu tenían una sec­ción de mer­ce­ría genial, con toda clase de kits DIY extre­ma­da­mente kawaii y una tienda pop-up many many Miffy muy graciosa.

Sushi para desa­yu­nar en Tsukiji

Una de las cosas que más tenía ganas de hacer cuando pla­nea­mos el viaje a Japón era visi­tar el mer­cado de Tsu­kiji, la lonja de pes­cado más grande del mundo. Para ver la subasta del atún que tiene lugar a dia­rio hay que lle­gar sobre las 4:00 de la mañana y la ver­dad es que nues­tro inte­rés no lle­gaba a tanto, así que nos levan­ta­mos a eso de las 6:30 y lle­ga­mos un poquito más tarde pero con bas­tante frío.

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Pes­cado expuesto y pes­ca­dero rallando bonito seco (kat­suo­bushi)

Una vez en Tsu­kiji tie­nes que tener muchí­simo cui­dado y estar alerta todo el tiempo, ya que el mer­cado es un aje­treo bru­tal de carros moto­ri­za­dos, motos y pes­ca­de­ros con armas muy afi­la­das inten­tando hacer su tra­bajo a pesar de todos los turis­tas miro­nes. En la parte exte­rior hay pues­tos de ver­du­ras, úti­les de cocina, cuchi­llos y diver­sos ingre­dien­tes en can­ti­da­des gran­des y a pre­cios más bajos que en las tien­das, abier­tos desde muy tem­prano. La parte inte­rior, con los pues­tos de pes­cado, abre al público a par­tir de las 9:00. Una vez te can­sas de dar vuel­tas por los pues­tos y de admi­rar lomos de atún gigan­tes, gam­bas rarí­si­mas y pes­ca­de­ros con cuchi­llos enor­mes cor­tando pes­cado, es obli­ga­to­rio ir a uno de los mini-restaurantes de sushi que están al lado para desa­yu­nar sushi súper fresco.

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La cola de la puerta y el sushi de Daiwa Sushi

Para ele­gir el sitio donde comer, había­mos leído que el truco era ir a donde había más japo­ne­ses haciendo cola, y que los dos mejo­res (o al menos más famo­sos) eran Sus­hi­dai y Daiwa Sushi. La cola de Daiwa Sushi era un poco más pequeña y ade­más estaba más res­guar­dada del viento y del frío, así que allí nos pusi­mos a espe­rar (creo que unos 45 minu­tos). Cuando por fin ocu­pa­mos nues­tros tabu­re­tes en la apre­tada barra eran como las 10:30, así que para nues­tros hora­rios japo­ne­ses se podría con­si­de­rar casi un brunch más que un desa­yuno. Los chefs pre­pa­ran el pes­cado delante de ti y van colo­cando los tro­zos de sushi direc­ta­mente en la tabla donde tam­bién te ponen el wasabi y el jen­gi­bre. Y sí, todos los que me habían hablado del sushi de Tsu­kiji tenían razón: es el mejor sushi que he comido en mi vida, ade­más de haber podido pro­bar algu­nos hasta ahora des­co­no­ci­dos para mí como el de ikura gukan (hue­vas de sal­món) o el de uni (góna­das de los eri­zos de mar, así como suena). Jorge, que pen­saba que no le gus­taba el sushi, cam­bió radi­cal­mente de opi­nión al pri­mer bocado de la pieza de toro (corte graso del vien­tre del atún).

Ras­ca­cie­los y Dra­gon Quest en Roppongi

Habiendo comido posi­ble­mente el mejor sushi de nues­tra vida, pilla­mos el metro direc­ción Rop­pongi para ver muchos ras­ca­cie­los y la Tokyo Tower. La zona de Rop­pongi Hills me recordó una bar­ba­ri­dad a Canary Wharf en Lon­dres. En Rop­pongi tenía­mos ade­más un sitio mar­cado en el mapa: el Luida’s Bar, un bar temá­tico de Dra­gon Quest donde pue­des comer limos y beber pocio­nes con la música del video­juego de fondo y Luida dando vuel­tas por allí. Nunca había estado en un bar temá­tico y aun­que no soy fan del Dra­gon Quest me pare­ció chu­lí­simo, así que nos que­da­mos un rato. Des­pués de repo­ner fuer­zas por unas pocas mone­das de oro y apro­ve­chando que ya no hacía tanto frío, segui­mos dando vuel­tas por Rop­pongi durante un buen rato y luego nos vol­vi­mos a Shi­buya andando, unos 3km, que en dis­tan­cias de Tokyo se tra­du­ci­rían en “más cerca impo­si­ble”, imagino.

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Araña en Rop­pongi Hills, con la Tokyo Tower al fondo
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Vuelta a Tokyo: tiendas, santuarios y cerezos en flor

La des­in­to­xi­ca­ción de tem­plos y natu­ra­leza fue inme­diata al vol­ver de Kyoto y salir de la esta­ción de Shi­buya, justo en su famoso cruce, de camino a nues­tro segundo hotel en Tokyo. Nada más sol­tar las male­tas nos fui­mos a dar vuel­tas por la zona, pasar por la Love Hotel Hill y por supuesto ver bien el cruce. Pasa­mos por él varias veces junto al resto de la marea humana, lo foto­gra­fia­mos desde la ven­tana enorme del Star­bu­cks y fui­mos a ver la esta­tua de Hachiko. Las calles de Shi­buya molan muchí­simo, creo que repre­sen­tan un poco la ima­gen men­tal que muchos tene­mos de Tokyo.

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Cruce de Shi­buya

Estos últi­mos días la migraña ha deci­dido ata­car así que nos ha cos­tado bas­tante man­te­ner el ritmo pero aun así hemos podido ver cosas muy chulas.

Sakura, his­to­ria y tem­plos en Ueno, Asa­kusa y Harajuku

El sábado por la mañana nos levan­ta­mos bas­tante tem­prano para ir al par­que de Ueno. Esta vez sí que esta­ban todos los cere­zos en flor y el par­que era un her­vi­dero de gente, incluso antes de las 9 de la mañana. Ya había gente haciendo pic­nic y pues­tos de comida en pleno fun­cio­na­miento como si fue­sen las 12 del medio­día. Nos pasa­mos pri­mero por los tem­plos Benten-do y Kiyo­mizu Kannon-do para ir luego a visi­tar el Tokyo Natio­nal Museum, donde ade­más había un jar­dín precioso.

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La tumba de los sol­da­dos Shogi-Tai en Ueno y waki­zashi en el Tokyo Natio­nal Museum

Al salir del museo fui­mos andando en direc­ción a Asa­kusa. La pri­mera parada era la zona de Kappabashi-dori, bási­ca­mente una calle con dece­nas de tien­das que ven­den todo lo que un res­tau­rante puede nece­si­tar, excepto la comida. Nues­tra inten­ción era ver las tien­das que ven­den répli­cas de comida hechas en cera o plás­tico. En Japón un mon­tón de res­tau­ran­tes expo­nen mode­los de los pla­tos que sir­ven en una espe­cie de esca­pa­rate, algo bas­tante prác­tico para gente como noso­tros que no tiene ni idea de japo­nés. La ver­dad es que es cuanto menos curioso.

Luego nos diri­gi­mos hacia la parte más guay: el tem­plo Senso-ji y la zona de alre­de­dor. No sé si por ser sábado o por las flo­res de cerezo o sim­ple­mente por­que es Tokyo, había una can­ti­dad de gente increí­ble. Casi todas las calles alre­de­dor del tem­plo son pea­to­na­les y están aba­rro­ta­das de sitios para comer, muchos con mesas en la calle para apro­ve­char el buen tiempo. En uno de ellos comi­mos genial (soba fríos, mis nood­les favo­ri­tos, y arroz con tem­pura) por una can­ti­dad irri­so­ria de dinero, como hasta ahora en Tokyo.

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Una de las calles que lle­van a Senso-ji y gente comiendo por la zona

El domingo por la mañana nos fui­mos andando al par­que de Yoyogi, que no es tan bonito ni mucho menos como el de Ueno pero que estaba lleno de gente haciendo toda clase de depor­tes, algu­nos un poco raros. Estaba en nues­tro camino a Meiji-jingu, un san­tua­rio que me encantó por lo sobrio y majes­tuoso que pare­cía. El camino de entrada está como en medio de un bos­que, mar­cado por unos altos torii de madera. Se esta­ban cele­brando dos bodas y todo ema­naba un aire muy solemne y tra­di­cio­nal.

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Foto de boda en Meiji-jingu

Gatos, tien­das y sobre­do­sis de kawaii

El sábado por la tarde nos fui­mos a ver la zona de Ike­bu­kuro. Aquí se sue­len encon­trar las otome, algo así como el equi­va­lente feme­nino de otaku, prin­ci­pal­mente en Otome Road donde hay varias tien­das de manga que hacen mucho enfá­sis en el género yaoi. Sin embargo, mi mayor inte­rés en esa zona era el Japan Tra­di­tio­nal Craft Cen­ter por lo que fue una gran decep­ción encon­trár­noslo cerrado por reno­va­ción. No obs­tante, apro­ve­cha­mos para tachar otra cosa de nues­tra to-do list edi­ción Japón entrando en un Cat café, bási­ca­mente un sitio donde pagas por jugar con gatos durante un rato. Suena tan absurdo que tenía­mos que pro­barlo, aun­que luego los gatos no nos hacían ni caso.

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Chi­cas en Shi­buya

Una buena parte del domingo la pasa­mos en Hara­juku, zona cono­cida por la ave­nida Omote-sando, que al pare­cer es algo así como el equi­va­lente en Tokyo a los Cam­pos Elí­seos de París. No es tan bonita ni mucho menos, pero es ancha y está reple­tas de tien­das de gran­des fir­mas y cen­tros comer­cia­les lujo­sos. Des­taca la tienda de Prada Aoyama, a la que merece la pena acer­carse sólo por ver el edi­fi­cio. En Shi­buya tam­bién hay un mon­tón de tien­das y gran­des alma­ce­nes, algu­nos de ellos muy fas­hion que me recuer­dan mucho a algu­nas de Lon­dres o NY pero con dise­ña­do­res des­co­no­ci­dos para mí, y por supuesto, con unos pre­cios en gene­ral altí­si­mos. Los que más me gus­ta­ron fue­ron Parco (Part 1, 2 y 3), en Shi­buya y Lafo­ret en Hara­juku, ambos con muchas tien­das pop-up dife­ren­tes, espa­cios para expo­si­cio­nes y even­tos, cafés… Allí des­cu­brí la marca Pou Dou Dou.

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Mas­cota calle­jera en Hara­juku

Pero la ropa no era lo impor­tante en nues­tro caso. La tienda de Kiddy­land en Hara­juku y la Cha­rac­ter Street en la inmensa esta­ción de Tokyo eran dos luga­res que tenía apun­ta­dos en mi lista de tien­das cute y la ver­dad es que no han defrau­dado. Kiddy­land son 4 plan­tas de jugue­tes y cosi­tas súper monas, con su pro­pia Snoopy Town y una tienda entera del oso Rilak­kuma. Tam­bién tie­nen una buena selec­ción de mer­chan­di­sing de Ghi­bli. En la Cha­rac­ter Street de la esta­ción de Tokyo hay un buen mon­tón de tien­das de dis­tin­tas TVs japo­ne­sas, ven­diendo mer­chan­di­sing de per­so­na­jes, desde Dorae­mon hasta nues­tro nuevo des­cu­bri­miento, el hams­ter con pati­tas minús­cu­las Kapibara-san.

Futones, templos y santuarios en Kyoto y Nara

En estos tres días en Kyoto hemos visto posi­ble­mente algu­nas de las vis­tas más espec­ta­cu­la­res del viaje entre tem­plos y san­tua­rios patri­mo­nio de la Unesco. Tam­bién hemos apro­ve­chado para que­dar­nos en un ryo­kan, una de posada tra­di­cio­nal japo­nesa donde los sue­los son de tatami y duer­mes en un futón. Nunca había pro­bado antes a dor­mir en uno y la ver­dad es que es muy cómodo y se duerme genial. A pesar de eso, en Kyoto no he con­se­guido dor­mir más de 5 horas nin­gún día. Mi cuerpo se revela con­tra las vaca­cio­nes y la dife­ren­cia hora­ria, y se empeña en des­per­tar a las 4 de la mañana para revi­sar los e-mails de tra­bajo reci­bi­dos en hora­rio espa­ñol. Lo único bueno de eso es que en Kyoto y alre­de­do­res todos los tem­plos y san­tua­rios cie­rran sobre las 17:00 y abren tem­pra­ní­simo, así que en vez de dar vuel­tas en el futón, hemos apro­ve­chado para ver cosas a horas muy tem­pra­nas.

Tem­plos en Kyoto

Uno de los tem­plos que más nos impre­sionó, tal vez por ser el pri­mero al que fui­mos, es Kiyomizu-dera. Se llega subiendo por una calle empi­nada lla­mada Chawan-zaka (algo así como calle­juela de las tete­ras), con muchas tien­das de sou­ve­nirs y arte­sa­nía de Kyoto. Al salir y como ya era tarde y todo cerraba, deci­di­mos dar­nos una vuelta por Gion, el dis­trito de las geis­has. Había leído que molaba ir al atar­de­cer o por la noche y la ver­dad es que las calles lle­nas de tien­de­ci­tas de arte­sa­nía, wagashi (dul­ces japo­ne­ses), casas de té y ador­na­das con faro­li­llos encen­di­dos eran bas­tante boni­tas. No vimos nin­guna geisha y se nos había pasado hacer pla­nes para ver algún espec­táculo de danza, ike­bana o de la cere­mo­nia del té, un poco fail.

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Kiyomizu-dera y faro­li­llos alum­brando la calle

El día siguiente con el cielo nublado y llo­vizna, visi­ta­mos el Nishi Hongan-ji por­que nos pillaba al lado del ryo­kan, para luego diri­gir­nos en bus a la parte norte de Higas­hi­yama, un lugar lleno de cosas para ver. Cami­na­mos un trozo del Tet­su­gaku no michi o Camino del Filó­sofo, que des­gra­cia­da­mente está repleto de cere­zos a los que les queda toda­vía una semana o así para flo­re­cer. Nues­tro des­tino era el Ginkaku-ji, tam­bién cono­cido como Tem­plo del Pabe­llón de Plata, aun­que el sueño de su cons­truc­tor de recu­brirlo con plata nunca se cum­pliera. El jar­dín que rodea este tem­plo es real­mente pre­cioso. Al lado está Honen-in, otro tem­plo con un cemen­te­rio que nos gustó bastante.

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Cone­ji­tos de la suerte entre Ginkaku-ji y Honen-in y velas en Kinkaku-ji

Des­pués del Pabe­llón de Plata tocaba el famoso y foto­gra­fiado Tem­plo del Pabe­llón Dorado, Kinkaku-ji, un lugar donde hacer fotos de pos­tal con el recu­bri­miento dorado refle­jado en el estan­que Kyoko-chi.

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Kinkaku-ji, el Pabe­llón Dorado

Andando durante un rato lle­ga­mos al Ryoan-ji, un tem­plo zen con un famoso jar­dín seco que supues­ta­mente trans­mite paz y tran­qui­li­dad a quie­nes lo con­tem­plan. No sé si me hizo efecto, la ver­dad, pero ésta fue la última parada del día a causa del can­san­cio por no dor­mir y de la llu­via que caía.

Excur­sión a Nara

Uno de nues­tros pla­nes mien­tras estu­vié­ra­mos en Kyoto era hacer una excur­sión hasta Nara. Gra­cias a nues­tro adqui­rido bio­rritmo kyo­tense, pudi­mos pillar el tren a eso de las 7 de la mañana. De camino hici­mos una parada en el san­tua­rio de Fus­himi Inari-taisha, al pie del monte Inari, que es espec­ta­cu­lar. Hacía mucho frío y estu­vi­mos corriendo arriba y abajo atra­ve­sando miles de torii que reco­rren los cami­nos mon­taña arriba, cada vez más asom­bra­dos. El con­junto es una pasada y me ale­gro mucho de haber visto algo así al menos una vez en la vida.

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Uno de los pasi­llos de torii en Fus­himi Inari-taisha

Al lle­gar a Nara, una ciu­dad muy turís­tica, hos­pi­ta­la­ria y ami­ga­ble, nos diri­gi­mos a su famoso par­que lleno de cier­vos, donde están la mayo­ría de luga­res que merece la pena ver. Había leído que por los tem­plos y por el par­que había bas­tan­tes cier­vos, pero no me ima­gi­naba que pudiese haber tan­tos. Había pues­tos en los que podías com­prar una espe­cie de galle­tas de bar­qui­llo para ali­men­tar­los, pero la gente que lo hacía corría el riesgo de ser per­se­guida por un grupo de cier­vos curio­sos que podían ter­mi­nar comién­dose tu cha­queta o tu mapa.

Nues­tra pri­mera parada a la entrada del par­que era el tem­plo Kofuku-ji. Des­pués tocaba el sitio estre­lla de la excur­sión: el tem­plo Todai-ji, donde se encuen­tra una gigan­tesca estruc­tura de madera, el Daibutsu-den en cuyo inte­rior está la esta­tua de bronce más grande del mundo del Buda Vai­ro­cana. “Espec­ta­cu­lar” e “impre­sio­nante” se que­dan cor­tas para des­cri­birlo, creo. Allí ade­más tuve la opor­tu­ni­dad de hacer algo diver­tido, unién­dome a la fila de niños y muje­res de pequeño-mediano tamaño para atra­ve­sar una de las colum­nas por un agu­jero bas­tante angosto. Menos mal que con­vencí a Jorge de que no lo inten­tase.

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El impre­sio­nante Daibutsu-den y lám­pa­ras en Kasuga-taisha

Al final estu­vi­mos viendo el Kasuga-taisha (san­tua­rio de Kasuga), lleno de lám­pa­ras de pie­dra por todas par­tes, antes de vol­ver a Kyoto.

Bos­que de bambú, jar­dín y té matcha

Al lle­gar, como era tem­prano, tenía­mos tiempo de ir a ver lo que nos había­mos sal­tado el día ante­rior, el bos­que de bambú de Sagano que ter­mina al lado del Okochi-Sanso. El pasi­llo entre los bam­búes es toda una expe­rien­cia, espe­cial­mente si sopla viento y todos se mue­ven haciendo un ruido que casi podría pare­cer música. Allí ade­más pudi­mos ver a dos geis­has. Al final del camino nos espe­raba el Okochi-Sanso, una villa pro­pie­dad del actor de pelis de samu­rais Oko­chi Den­jiro, cuyo jar­dín está abierto al público y es pre­cioso. La entrada es más cara que las de los tem­plos pero incluye un rico y fuerte té mat­cha con un pequeño dulce típico en el salón de té que tie­nen a la entrada. Lo más chulo del jar­dín es que andas casi todo el rato por un sen­dero mar­cado real­mente estre­cho, a veces aga­chando la cabeza al atra­ve­sar algu­nos arcos, y ter­mi­nas subiendo hasta un mon­tículo desde el que admi­rar la ciudad.

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El camino entre bam­búes y unas esta­tui­llas muy kawaii

Hoy, des­pierta desde las 3:50 de la mañana y con sobre­do­sis de tem­plos y san­tua­rios, vol­ve­mos en el shin­kan­sen para Tokyo donde la des­in­to­xi­ca­ción en forma de Shi­buya nos espera.

Jet lag en Akihabara, Shinjuku y Museo Ghibli

Des­pués de un viaje de casi 30 horas, de las cua­les 19 trans­cu­rrie­ron den­tro de un avión, puedo afir­mar que Emi­ra­tes es la mejor aero­lí­nea en la que he volado jamás. Tam­poco es que yo tenga una gran tra­yec­to­ria de vue­los así de lar­gos pero vaya, com­pa­rada con Air France o Luft­hansa hay una dife­ren­cia exa­ge­rada, y no lo digo sólo por la barra libre de lico­res durante el vuelo.

Desde que ate­rri­za­mos en Narita pasando por Dubai, así han trans­cu­rrido nues­tros pri­me­ros días en Tokyo:

Jim­bo­cho, Akiha­bara y Shin­juku nocturno

El pri­mer día, un poco reven­ta­dos a pesar de haber dor­mido más o menos, empe­za­mos con los jar­di­nes del Pala­cio Impe­rial, donde des­afor­tu­na­da­mente los cere­zos toda­vía no esta­ban en flor. Des­pués nos dimos una vuelta por Jim­bo­cho, una zona llena de libre­rías y tien­das de libros vie­jos muy bonita que pillaba de camino hacia Akiha­bara. Allí era todo exac­ta­mente como en las fotos y los vídeos que ya había visto sobre el barrio tec­no­ló­gico y otaku de la ciu­dad. Tal vez por ser domingo había muchí­sima gente en todas par­tes, ade­más de que las calles esta­ban cor­ta­das al trá­fico. Las tien­das de elec­tró­nica, espe­cial­mente Yodo­bashi Akiba, son inmen­sas y un poco apa­bu­llan­tes, como tan­tas otras cosas en Tokyo.

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Calles de Akiha­bara

A eso de las 5 de la tarde, no sé si en parte por el jet lag o sim­ple­mente por el nivel de dete­rioro físico absurdo que me he ganado a pulso a mis 28 años, me empecé a encon­trar real­mente mal, por lo que tuvi­mos que vol­ver al hotel. Tres horas más tarde y bas­tante recu­pe­rada a base de dor­mir, deci­di­mos apro­ve­char que era tarde y que nos alo­já­ba­mos en Shin­juku para explo­rar la zona de Kabu­ki­cho, el barrio rojo de Tokyo y posi­ble­mente el más peli­groso (lo que en tér­mi­nos espa­ño­les es pro­ba­ble­mente más seguro que la Puerta del Sol a plena luz del día) con los yakuza y las casas de masaje. Tam­bién estu­vi­mos por el Gol­den Gai, 6 calle­jue­las reple­tas de bares y res­tau­ran­tes cerca de la esta­ción de Shin­juku. Según la guía, la mayo­ría de los bares allí son temá­ti­cos y dimi­nu­tos. Algu­nos tie­nen sitio para 7 u 8 per­so­nas, tie­nes que pagar por sen­tarte y no admi­ten a extran­je­ros o ni siquiera a clien­tes no habi­tua­les. Es un sitio guay para ver de noche.

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Una de las calle­jue­las del Gol­den Gai

Par­que Inokas­hira, Museo Ghi­bli y tien­das en Shinjuku

El día siguiente, des­pués de dor­mir 4h y hacer un desa­yuno japo­nés, estu­vi­mos en lo que va a ser uno de los high­lights del viaje: el Museo Ghi­bli. Pri­mero estu­vi­mos explo­rando un poco el bonito barrio de Kichi­joji, al lado de la esta­ción donde nos baja­mos. Luego fui­mos hacia el museo, al que lle­ga­mos dando un agra­da­ble paseo por el par­que de Inokas­hira, que habría molado más si hubie­sen estado ya los cere­zos lis­tos.

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Una calle de Kichi­joji y entrada al Museo Ghi­bli

El Museo Ghi­bli es com­pli­cado de des­cri­bir y ade­más estaba prohi­bido hacer fotos den­tro. Es uno de los sitios más boni­tos que he visto en los últi­mos años, como estar den­tro de una pelí­cula pre­ciosa de Miya­zaki. Es total­mente must-see en cual­quier viaje a Tokyo y hay que com­prar las entra­das por ade­lan­tado (cada día hay 100 dis­po­ni­bles para visi­tan­tes de Europa), en una agen­cia de via­jes espe­cial desde fuera de Japón. La de España es JTB Via­jes, con una sucur­sal en Madrid, donde tam­bién es posi­ble com­prar el Japan Rail Pass. Con la entrada tie­nes la opor­tu­ni­dad de ver un corto iné­dito en una sala de cine peque­ñita, donde pro­yec­tan la pelí­cula en una cámara enorme que parece sacada de un cuento. El corto que nos tocó ver fue pre­cioso, ima­gino que todos los que ponen lo son.

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Dorae­mon en la esta­ción de Shin­juku y un mos­tra­dor en Ise­tan

Tras dar otra vuelta por Mitaka vol­vi­mos a Shin­juku, para ver los gran­des alma­ce­nes reco­men­da­dos por Lonely Pla­net, como Ise­tan o Takas­hi­yama Times Square, donde hay un Tokyu Hands bas­tante grande. Lo más des­ta­ca­ble de todo lo que vimos fue de lejos la sec­ción de ali­men­ta­ción gour­met de Ise­tan, sobre todo la enor­mí­sima sec­ción de mos­tra­do­res y stands de dul­ces, que pare­cía más una joye­ría que un sitio donde se com­pra comida. La obse­sión de los japo­ne­ses por el empa­que­tado y los peque­ños deta­lles lle­vada a su máximo nivel, dando como resul­tado unas caji­tas pre­cio­sas que da pena abrir, y ya no diga­mos comer lo del inte­rior. Tam­bién estuvo guay la sec­ción de Tokyu Hands dedi­cada a arti­lu­gios para sobre­vi­vir o pre­ve­nir daños en caso de desas­tres natu­ra­les, desde toda clase de comida enla­tada y cas­cos ple­ga­bles hasta cáp­su­las para refugiarse.

Y aquí ter­mino con Tokyo por el momento. Mien­tras escribo nos encon­tra­mos en el Shin­kan­sen (tren bala) de camino a Kyoto, donde cam­bia­re­mos ras­ca­cie­los y neo­nes por tem­plos y santuarios.

Allá vamos

Japan sheep flagDije que en enero había estado a la espera, haciendo muchos pla­nes para días futu­ros. La mayo­ría de esos pla­nes eran peque­ñi­tos y ya han suce­dido, pero ahora ha lle­gado el momento de que se mate­ria­lice el plan más gordo de todos.

Es una pena que me fal­ten las ganas y la ilu­sión, supongo que por el can­san­cio y por todos los pro­ble­mas de los últi­mos meses, inclu­yendo la ope­ra­ción que me espera a la vuelta. Pero bueno, sin duda, allá vamos.

Reencuentro con Barcelona

Hace como 9 años estu­vi­mos en Bar­ce­lona e hici­mos un puñado de cosas turís­ti­cas típi­cas con un pre­su­puesto ridículo. Desde enton­ces he estado varias veces pero siem­pre de paso, menos de 24 horas, sin tener tiempo de nada. Así que en la visita de 3 días que hici­mos hace un par de fines de semana no nos preo­cu­pa­mos de ir al Park Güell ni a la Sagrada Fami­lia ni al Museu Nacio­nal d’Art de Cata­lunya en Mont­juïc, sino de cono­cer y explo­rar los barrios del cen­tro de la ciu­dad, ver sitios boni­tos y pro­bar cosas ricas, apro­ve­chando que nues­tro pre­su­puesto ha mejo­rado bas­tante desde enton­ces y a pesar del tiempo horri­ble que nos hizo.

Algu­nos de los high­lights:

Kilo. En mi lista de luga­res no podía fal­tar el res­tau­rante deco­rado por Mr. Won­der­ful, Kilo Res­tau­rant, que sólo por el ambiente y los men­sa­ji­tos de la carta ya merece la pena pero que ade­más tiene una comida muy rica. Tuvi­mos suerte con­si­guiendo mesa por­que lle­ga­mos muy tarde para comer pero tiene tanto éxito como para estar com­ple­ta­mente lleno a base de reser­vas un jue­ves a medio día.

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El res­tau­rante Kilo en L’Eixample

Boa­das. Tam­bién nos pasa­mos por el mítico Boa­das, el bar de cóc­te­les abierto en 1933 por un ex-barman del La Flo­ri­dita en la Habana, donde Miró y Heming­way obte­nían sus dosis de alcohol, y donde por supuesto me pedí un dai­quiri.

We Pud­ding. Me encan­tan los cafés ori­gi­na­les así que cuando des­cu­brí este que pare­cía sacado de un cuento de hadas, setas gigan­tes incluí­das, lo añadí inme­dia­ta­mente a mi lista de Fours­quare para Bar­ce­lona. Efec­ti­va­mente, el sitio era súper bonito, y bien merece una visita. La única pega es que está total­mente orien­tado a los niños, por lo que cuando fui­mos había un buen mon­tón de ellos. Y a mí la deco­ra­ción como de cuento y los sitios boni­tos me encan­tan pero los niños…

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La placa de Boa­das y el espa­cio de cuento en We Pud­ding

Dos Pali­llos. Desde un mes antes de ir tenía hecha la reserva para comer en el res­tau­rante Dos Pali­llos en el Hotel Casa Cam­per. Había que­rido ir a pro­bar la comida allí desde que me enteré de que Cam­per iba a abrir un res­tau­rante y cuando hace unos meses les otor­ga­ron la pri­mera estre­lla Miche­lín me vino que ni pin­tado, por­que así mataba dos pája­ros de un tiro: pro­bar el Dos Pali­llos y comer por pri­mera vez en un res­tau­rante con uno de estos galar­do­nes. El sitio mola bas­tante por­que es una barra asiá­tica en la que los coci­ne­ros pre­pa­ran todo delante de ti y te sir­ven, y aun­que es caro, merece la pena al menos una vez en la vida. Algu­nos pla­ti­llos de los que pro­ba­mos como la dimi­nuta japo-burger con shiso, jen­gi­bre, pepino mari­nado y pan casero al vapor con sésamo negro o la papada de cerdo ibé­rico a la can­to­nesa, coci­nada durante 16h a 72º y cara­me­li­zada, fue­ron sim­ple­mente espectaculares.

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La inad­ver­tida entrada al Dos Pali­llos en el Raval y la chi­quita japo-burger

He de admi­tir que la comida más rica de todo el viaje no fue en el Dos Pali­llos, ni en el Kilo ni nada fancy y ela­bo­rado, sino las anchoas sobre pa amb tomà­quet acom­pa­ña­das de una copa de xam­pan­yet en El Xam­pan­yet, apre­tu­ja­dos y de pie en una barra. El cho­co­late suizo con melin­dros y la tarta de crema cata­lana en la Granja Via­der, el sitio donde inven­ta­ron el Cacao­lat, tam­bién mere­cen una men­ción aparte.

Cosas ricas aparte, lo que más me gustó del viaje fue pasar horas calle­jeando por Grà­cia, el Raval, el Barrio Gótico y sobre todo por el Born. La pro­por­ción de sitios chu­los en este último barrio puede que supere a la de mis barrios favo­ri­tos en el cen­tro de Madrid. A veces resul­taba un poco cómica la can­ti­dad de gale­rías, estu­dios de arte y loca­les gafa­pasta orien­ta­dos a los artis­tas que te encon­tra­bas andando por cual­quier calle­juela. Estu­vi­mos tanto el vier­nes por la noche como el sábado durante el día, y me encantó en ambas oca­sio­nes. Tam­bién saca­mos un rato para ir al Cai­xa­Fo­rum, puesto que nunca había estado y el Cai­xa­Fo­rum de Madrid es uno de mis museos favo­ri­tos. El Palau de la Música Cata­lana es posi­ble­mente el edi­fi­cio que me ha gus­tado más de toda la visita y de los 3 días de reco­rrer calles, algu­nos de los sitios que más me gus­ta­ron y que recuerdo son:

  • Ivo & Co, como para que­rer com­prar todo lo que tie­nen ahí
  • El café El Colec­tivo (súper agradable)
  • La espec­ta­cu­lar tienda de Vinçon en el paseo de Gra­cia, no la cono­cía y no me extraña que venga en la mini guía de Lonely Pla­net. Nos vino que ni pin­tada para refu­giar­nos de la tromba de agua en hori­zon­tal que nos calló la pri­mera tarde.
  • Ramo­nas, una tienda de cosas chu­lis para la bici en una bonita plaza del Born.
  • La con­cept store de Med­winds. No sabía que tenían tienda en Bar­ce­lona y cuando lle­ga­mos esta­ban en plena entre­vista y sesión de fotos con Naoto Fuka­sawa. Hablé un rato sobre la marca con uno de los jefes y nos invitó a un encuen­tro con blog­gers, el dise­ña­dor japo­nés y copas de sake y vino.
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El inte­rior de Ivo & Co y bonita plaza por el Born

Si no fuese por la hume­dad horri­ble no me impor­ta­ría pasar una pequeña tem­po­rada en Bar­ce­lona. Aun­que me pre­gunto cuánto tar­da­ría en tener el mono de Madrid.